CITA ESTE TRABAJO
Arana Reyes DY, Camacho Taboada S, Vázquez Hernández PA, Cárdenas Perea ME. De la vancomicina a fidaxomicina: evolución del paradigma en el manejo de clostridioides difficile. RAPD 2026;49(3):92-101. DOI: 10.37352/2026493.2
Introducción
La infección por Clostridioides difficile (ICD) representa actualmente una de las principales causas de diarrea asociada a la atención en salud y continúa siendo un desafío clínico relevante en hospitales de todo el mundo. En las últimas décadas se ha documentado un incremento sostenido tanto en su incidencia como en la gravedad de sus manifestaciones clínicas, particularmente en poblaciones vulnerables como adultos mayores, pacientes hospitalizados de larga estancia y personas expuestas a antimicrobianos de amplio espectro[1].
Clostridioides difficile es una bacteria anaerobia Gram positiva, formadora de esporas, cuya transmisión ocurre predominantemente por vía fecal–oral mediante el contacto directo con individuos colonizados o a través de superficies contaminadas[2].Su capacidad de formar esporas altamente resistentes le permite persistir en el ambiente hospitalario por periodos prolongados y sobrevivir a condiciones adversas, incluida la acidez gástrica, facilitando la colonización intestinal tras la alteración de la microbiota normal inducida por antibióticos[3]. Estos mecanismos explican, en parte, su estrecha asociación con el uso previo de antimicrobianos y su comportamiento como patógeno nosocomial.
Clostridioides difficile; anteriormente Clostridium difficile, el cambio de nomenclatura propuesto en 2016 responde a criterios filogenéticos que diferencian este microorganismo de otras especies del género Clostridium, manteniéndose, no obstante, la abreviatura "C. difficile" en la práctica clínica habitual[4]. Además del aspecto nomenclatural, la relevancia de la ICD radica en su capacidad de producir un espectro clínico amplio, es reconocida como uno de los principales agentes causales de diarrea asociada a antibióticos, diarrea autolimitada hasta colitis pseudomembranosa, colitis fulminante y megacolon tóxico, entidades asociadas con una elevada morbimortalidad.
Se estima que la ICD es responsable de hasta el 30% de los casos de diarrea asociada a antibióticos y afecta aproximadamente al 1% de los pacientes hospitalizados, con tasas de recurrencia cercanas al 20%, lo que complica su manejo y condiciona una carga significativa para los sistemas de salud[5]. La emergencia de cepas hipervirulentas, el envejecimiento poblacional, la inmunosenescencia y el uso extendido de antibióticos y agentes supresores de ácido gástrico han contribuido a consolidar a la ICD como un problema persistente y dinámico, aún lejos de estar completamente controlado.
En este contexto, los avances recientes en la comprensión de la patogenia, particularmente el papel de las toxinas A y B, así como el desarrollo de nuevas herramientas diagnósticas y estrategias terapéuticas, han modificado de manera sustancial el abordaje clínico de esta infección. Sin embargo, persisten controversias relevantes, limitaciones diagnósticas y desafíos terapéuticos, especialmente en relación con la recurrencia y la prevención efectiva de nuevos episodios.
Objetivo
Analizar críticamente la evidencia científica disponible sobre la patogenia, el diagnóstico, el tratamiento y las estrategias de prevención de la infección por C. difficile, destacando los avances recientes, las controversias actuales y sus implicaciones clínicas en el contexto hospitalario.
Método
Se realizó una revisión narrativa de la literatura científica de los años 2020 a 2025 sobre infección por C. difficile. La búsqueda se llevó a cabo en las bases de datos PubMed, Scopus y Google Scholar, utilizando términos relacionados con epidemiología, patogenia, diagnóstico, tratamiento, recurrencia y prevención de la ICD. Se emplearon los descriptores en ciencias de la salud (DeCS/MeSH): Clostridioides difficile; Healthcare-associated infection; epidemiology, Antimicrobial therapy; Diagnostic strategies; Infection prevention. combinados mediante operadores booleanos. Se incluyeron artículos publicados en inglés y español, con un periodo de cobertura comprendido entre 2020 y 2025. La búsqueda se actualizó por última vez en enero de 2026, priorizando estudios originales, metaanálisis, revisiones sistemáticas y guías clínicas relevantes.
Se incluyeron artículos originales, revisiones sistemáticas, ensayos clínicos, estudios observacionales y guías clínicas relevantes publicados en inglés y español, sin restricción geográfica, priorizando aquellos con mayor impacto clínico y metodológico. Se excluyeron reportes de caso aislados, estudios duplicados y publicaciones con información redundante o sin relevancia clínica directa.
La información obtenida fue analizada de manera crítica y organizada en ejes temáticos, con énfasis en los hallazgos consistentes, las áreas de controversia y las implicaciones prácticas para el manejo clínico y la prevención de la infección por C. difficile.
Resultados
Evidencia actual sobre patogenia y factores de virulencia
La patogenia de la infección por C. difficile está estrechamente vinculada a la producción de sus principales factores de virulencia: las toxinas A (TcdA) y B (TcdB). Ambas toxinas son glucosiltransferasas que inactivan las Rho-GTPasas del citoesqueleto de actina en las células epiteliales intestinales, provocando alteración de las uniones intercelulares, aumento de la permeabilidad epitelial, inflamación local y muerte celular[6].
Aunque históricamente se consideró que la toxina A era el principal determinante de la enfermedad, la evidencia experimental y clínica más reciente ha demostrado que la toxina B desempeña un papel central en la virulencia de la bacteria[7]. Estudios basados en mutantes isogénicos han demostrado que cepas productoras exclusivamente de toxina B conservan la capacidad de inducir daño tisular significativo, mientras que aquellas que expresan ambas toxinas muestran una mayor virulencia, lo que sugiere un efecto sinérgico en el desarrollo de la enfermedad[7].
Estos hallazgos han tenido implicaciones directas en el desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas, particularmente aquellas dirigidas a la neutralización de la toxina B, y han contribuido a redefinir la comprensión clásica de la patogenia de la ICD.
Adicionalmente, la aparición de cepas hipervirulentas, como la NAP1/BI/027, se ha asociado con una mayor producción de toxinas, mayor capacidad de esporulación y tasas más elevadas de recurrencia y mortalidad[8]. No obstante, la distribución y el impacto real de estas cepas en Hispanoamérica continúan siendo poco caracterizados, lo que limita la extrapolación directa de datos provenientes de Norteamérica y Europa.
Manifestaciones clínicas y gravedad de la enfermedad
La infección por C. difficile se manifiesta a través de un amplio espectro clínico que varía desde diarrea acuosa leve hasta cuadros graves como colitis pseudomembranosa, colitis fulminante y megacolon tóxico[9]. La diarrea continúa siendo el síntoma cardinal; sin embargo, la gravedad de la presentación clínica depende de múltiples factores, incluyendo la carga bacteriana, la producción de toxinas, el estado inmunológico del hospedero y la presencia de comorbilidades[10].
En los casos leves a moderados, los pacientes presentan diarrea, dolor abdominal y síntomas sistémicos inespecíficos[11]. En contraste, las formas graves se caracterizan por leucocitosis marcada, compromiso del estado general, alteraciones hidroelectrolíticas y riesgo elevado de complicaciones potencialmente mortales[11]. En escenarios fulminantes, la inflamación transmural del colon puede provocar íleo paralítico y desaparición de la diarrea, lo que retrasa el diagnóstico y agrava el pronóstico[12].
La evidencia disponible confirma que la edad avanzada, la exposición reciente a antibióticos y la hospitalización prolongada se asocian de manera consistente con una mayor gravedad de la enfermedad y con una mayor probabilidad de recurrencia, consolidando a la ICD como una entidad de especial relevancia en poblaciones hospitalarias de alto riesgo[12]. Las manifestaciones clínicas de la ICD pueden agruparse en distintos fenotipos clínicos con implicaciones pronósticas diferenciadas (Tabla 1).
Tabla 1
Fenotipos clínicos y manifestaciones asociadas de la infección por Clostridioides difficile (CD).
Avances diagnósticos y limitaciones de las pruebas disponibles
El diagnóstico de la ICD se basa en la integración de criterios clínicos con pruebas de laboratorio orientadas a la detección de cepas toxigénicas o de sus toxinas en muestras fecales[13]. La evidencia disponible demuestra que ninguna prueba diagnóstica aislada ofrece un rendimiento óptimo en todos los escenarios clínicos, lo que ha impulsado el uso de algoritmos diagnósticos combinados[14].
Las pruebas moleculares, como la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) y las técnicas de amplificación isotérmica (LAMP), han mostrado una alta sensibilidad y rapidez diagnóstica; sin embargo, su principal limitación radica en la incapacidad para distinguir entre colonización e infección activa, lo que puede conducir a sobre diagnóstico en pacientes asintomáticos[15]. Las principales pruebas utilizadas para el diagnóstico de la ICD presentan ventajas y limitaciones que condicionan su utilidad clínica (Tabla 2).
Tabla 2
Principales pruebas diagnósticas para la infección por Clostridioides difficile (C. difficile): ventajas y limitaciones.
Por otro lado, los ensayos de detección de toxinas mediante enzimoinmunoanálisis (EIA) ofrecen una mayor especificidad clínica, aunque con sensibilidad limitada, lo que incrementa el riesgo de falsos negativos. El ensayo de citotoxicidad continúa considerándose un estándar de referencia, pero su complejidad técnica y el tiempo requerido para obtener resultados han restringido su uso en la práctica clínica cotidiana[16].
La glutamato deshidrogenasa (GDH) es una enzima constitutiva producida por todas las cepas de C. difficile, tanto toxigénicas como no toxigénicas, por lo que su detección se utiliza como prueba de tamizaje inicial debido a su alta sensibilidad, aunque con limitada especificidad clínica[17].
Evidencia terapéutica y estrategias emergentes.
Históricamente, el metronidazol fue considerado tratamiento de primera línea en casos leves a moderados de infección por C. difficile. Sin embargo, evidencia acumulada ha demostrado una menor eficacia en escenarios clínicos reales, particularmente en comparación con la vancomicina oral, con tasas inferiores de resolución clínica y mayor riesgo de recurrencia. Este hallazgo ha sido consistente en estudios observacionales y ensayos clínicos, especialmente en pacientes con enfermedad moderada a grave[18].
Adicionalmente, se ha documentado un incremento en la concentración inhibitoria mínima (CIM) de metronidazol en algunas cepas, lo que sugiere una disminución progresiva de la susceptibilidad bacteriana, aunque los mecanismos de resistencia no están completamente definidos. Este fenómeno, aunado a su menor eficacia clínica, ha contribuido al desplazamiento del metronidazol como opción terapéutica preferente[19]. En este contexto, las guías actualizadas de la Infectious Diseases Society of America y la Society for Healthcare Epidemiology of America (2021) recomiendan vancomicina oral o fidaxomicina como tratamiento de primera línea, relegando el metronidazol a situaciones específicas en las que no se disponga de otras alternativas[19].
Las guías de la Infectious Diseases Society of America y la Society for Healthcare Epidemiology of America (2021) recomiendan esquemas de vancomicina en pauta descendente (taper) y/o en pulsos (pulse), los cuales han demostrado reducir la probabilidad de recurrencia al permitir una erradicación más efectiva de las esporas remanentes. Estos esquemas consisten en la administración progresivamente espaciada del antibiótico tras un curso estándar, favoreciendo la recuperación de la microbiota intestinal. Un esquema común incluye 125 mg cada 6 horas por 10–14 días, seguido de reducción progresiva de la dosis y administración en días alternos o cada 2–3 días durante varias semanas[20].
La fidaxomicina ha emergido como una alternativa terapéutica relevante, especialmente en pacientes con alto riesgo de recurrencia[21]. Diversos estudios han documentado tasas significativamente menores de recurrencia en comparación con la vancomicina, lo que se atribuye a su menor impacto sobre la microbiota intestinal. En los casos de recurrencia múltiple, el trasplante de microbiota fecal (TMF) se ha consolidado como una de las estrategias terapéuticas más eficaces. Su fundamento radica en la restauración de la diversidad microbiana intestinal, alterada tras la exposición a antibióticos. Desde el punto de vista metodológico, el TMF implica la selección rigurosa de donantes, el tamizaje clínico y microbiológico, así como el procesamiento estandarizado de las heces, que pueden ser administradas mediante colonoscopia, enema, sonda nasoentérica o cápsulas orales[21].
La evidencia acumulada, incluyendo ensayos clínicos y estudios en vida real, ha reportado tasas de resolución superiores al 80–90% en infecciones recurrentes, consolidándolo como una opción de referencia en este escenario. No obstante, persisten desafíos relacionados con la estandarización de protocolos, la seguridad a largo plazo y la regulación sanitaria[22].
En este contexto, han emergido terapias basadas en microbiota con aprobación regulatoria, como Rebyota (suspensión rectal de microbiota fecal) y Vowst (preparación oral de esporas purificadas), ambas aprobadas por la Food and Drug Administration para la prevención de recurrencias de infección por C. difficile. Estas terapias representan una evolución hacia productos estandarizados, con perfiles de seguridad controlados y procesos de manufactura regulados, superando algunas de las limitaciones del TMF convencional[23]. Datos recientes en Europa respaldan el uso de estas estrategias, destacando una reducción significativa en la recurrencia y una adecuada tolerabilidad, lo que refuerza su papel emergente dentro del arsenal terapéutico actual[23].
Otras estrategias innovadoras incluyen el uso de anticuerpos monoclonales, como el bezlotoxumab, dirigidos contra la toxina B, los cuales han demostrado reducir de manera significativa las tasas de recurrencia cuando se utilizan como tratamiento coadyuvante. Asimismo, terapias orientadas a preservar la microbiota intestinal durante el uso de antibióticos representan una línea de investigación prometedora en la prevención primaria de la ICD[24].
Colonización, factores de riesgo y estrategias de prevención.
La colonización asintomática por C. difficile constituye un fenómeno frecuente, particularmente en entornos hospitalarios y en poblaciones de riesgo. Se estima que entre el 3–8% de los adultos sanos pueden ser portadores, cifra que puede incrementarse hasta el 20–50% en pacientes hospitalizados o residentes de instituciones de cuidados prolongados. Aunque estos individuos no presentan manifestaciones clínicas, actúan como reservorios potenciales para la transmisión del microorganismo[25].
La progresión de colonización a infección clínica depende de múltiples factores del hospedero y del entorno. Entre los principales factores de riesgo destacan la exposición previa a antibióticos de amplio espectro, la edad avanzada, la hospitalización prolongada, la presencia de comorbilidades, la inmunosupresión y el uso de inhibidores de la bomba de protones. Estos elementos favorecen la alteración de la microbiota intestinal y disminuyen la resistencia a la colonización[26].
Desde el punto de vista fisiopatológico, la disbiosis intestinal secundaria al uso de antimicrobianos permite la germinación de esporas de C. difficile y la proliferación de formas vegetativas productoras de toxinas A y B. Estas toxinas inducen daño epitelial, alteración de las uniones intercelulares y una respuesta inflamatoria local que condiciona la aparición del cuadro clínico[26].
Las estrategias de prevención se fundamentan en la interrupción de la transmisión y la preservación de la microbiota intestinal. Entre las medidas más relevantes se incluyen el uso racional de antimicrobianos mediante programas de optimización (PROA), la higiene de manos con agua y jabón, el aislamiento de pacientes sintomáticos y la desinfección ambiental con agentes esporicidas. De manera complementaria, la implementación de protocolos diagnósticos adecuados contribuye a evitar el sobrediagnóstico y el tratamiento innecesario.
Implicaciones epidemiológicas y carga para los sistemas de salud
La evidencia epidemiológica disponible confirma un incremento sostenido en la incidencia y prevalencia de la ICD a nivel global, particularmente en entornos hospitalarios y de cuidados prolongados[27]. Este aumento se asocia no solo con mayor morbimortalidad, sino también con un impacto económico considerable, derivado de estancias hospitalarias prolongadas, readmisiones frecuentes y costos asociados al manejo de las recurrencias y complicaciones graves[27].
En Europa, la infección por C. difficile continúa representando una causa relevante de infección asociada a la atención sanitaria. En España, estudios multicéntricos han documentado una incidencia variable entre hospitales, atribuida a diferencias en los algoritmos diagnósticos, vigilancia microbiológica y políticas de uso de antimicrobianos[27]. Datos recientes señalan que la infección afecta predominantemente a pacientes de edad avanzada, hospitalizados y con exposición previa a antibióticos o inhibidores de bomba de protones. Asimismo, se ha descrito un incremento en la identificación de casos comunitarios y una persistencia significativa de recurrencias, lo que mantiene a esta infección como un problema clínico y epidemiológico vigente en el ámbito español[28].
En el contexto español, la implementación progresiva de programas de optimización de antimicrobianos (PROA) y medidas de control de infecciones ha contribuido al fortalecimiento del abordaje preventivo, aunque persisten retos diagnósticos y heterogeneidad interhospitalaria.
De forma complementaria, la European Society of Clinical Microbiology and Infectious Diseases ha publicado recomendaciones actualizadas que coinciden en priorizar fidaxomicina y vancomicina sobre metronidazol como tratamiento inicial. Sin embargo, las guías ESCMID presentan un enfoque más conservador respecto al uso del trasplante de microbiota fecal, reservándolo principalmente para recurrencias múltiples cuidadosamente seleccionadas, además de enfatizar la necesidad de una evaluación individualizada según gravedad clínica, disponibilidad terapéutica y contexto epidemiológico local[29].
En contraste, las recomendaciones de Infectious Diseases Society of America y Society for Healthcare Epidemiology of America muestran una mayor incorporación temprana de terapias dirigidas a la prevención de recurrencias, incluyendo anticuerpos monoclonales y productos basados en microbiota.
Estos hallazgos refuerzan la necesidad de implementar estrategias integrales de prevención, uso racional de antimicrobianos y control de infecciones, con el objetivo de reducir tanto la carga clínica como el impacto económico de la ICD en los sistemas de salud[30]. Diversos factores se han asociado tanto con el desarrollo del primer episodio como con la recurrencia de la ICD, destacando diferencias relevantes entre ambos escenarios (Tabla 3).
Tabla 3
Principales pruebas diagnósticas para la infección por Clostridioides difficile (C. difficile): ventajas y limitaciones.
Discusión
La infección por C. difficile continúa representando un desafío clínico y epidemiológico relevante, no solo por su elevada incidencia en entornos hospitalarios, sino por la complejidad inherente a su diagnóstico, tratamiento y prevención. La evidencia analizada en esta revisión confirma que la ICD ha dejado de ser una complicación secundaria del uso de antibióticos para consolidarse como una entidad con dinámicas propias, influenciada por factores microbiológicos, clínicos y organizacionales.
Uno de los principales aportes conceptuales de los estudios recientes ha sido la redefinición del papel de las toxinas en la patogenia de la enfermedad. La noción clásica de la toxina A como principal determinante de virulencia ha sido superada por evidencia experimental sólida que posiciona a la toxina B como un factor esencial del daño tisular, e incluso dominante en determinados contextos[20]. Esta evolución en el entendimiento de la patogenia no es meramente académica, sino que ha tenido repercusiones directas en el desarrollo de terapias dirigidas, como los anticuerpos monoclonales contra la toxina B, que han demostrado reducir de manera significativa la recurrencia de la infección.
En el ámbito diagnóstico, la discusión actual se centra menos en la disponibilidad de pruebas y más en su correcta interpretación clínica. Las técnicas moleculares, si bien han mejorado de forma notable la sensibilidad diagnóstica y reducido los tiempos de respuesta, han introducido el riesgo de sobre diagnóstico al no distinguir de manera adecuada entre colonización e infección activa. Este fenómeno adquiere particular relevancia en poblaciones hospitalarias con alta prevalencia de portadores asintomáticos, donde el uso indiscriminado de pruebas altamente sensibles puede conducir a tratamientos innecesarios y a una mayor presión selectiva sobre la microbiota intestinal. En este contexto, los algoritmos diagnósticos combinados emergen como la estrategia más razonable para equilibrar sensibilidad y especificidad, reforzando la necesidad de integrar los hallazgos de laboratorio con el juicio clínico.
Desde el punto de vista terapéutico, la evidencia disponible respalda de manera consistente el desplazamiento del metronidazol como opción de primera línea en favor de la vancomicina oral, particularmente en cuadros moderados a graves. Este cambio refleja una transición hacia esquemas terapéuticos basados en resultados clínicos más robustos y no únicamente en consideraciones históricas o económicas. La fidaxomicina, por su parte, representa un avance relevante en la reducción de recurrencias, aunque su uso generalizado continúa limitado por factores de costo y disponibilidad, especialmente en sistemas de salud con recursos restringidos.
El manejo de la recurrencia sigue siendo uno de los mayores retos en la ICD. En este escenario, el trasplante de microbiota fecal ha demostrado una eficacia superior a los esquemas antibióticos convencionales, posicionándose como una intervención terapéutica clave en casos seleccionados. Sin embargo, su implementación a gran escala enfrenta barreras logísticas, regulatorias y de estandarización, lo que subraya la necesidad de protocolos más uniformes y de estudios que evalúen su seguridad a largo plazo.
La discusión sobre la prevención de la ICD trasciende el ámbito individual del paciente y se inserta en una dimensión institucional. La evidencia sugiere que las estrategias de control ambiental, el uso de desinfectantes esporicidas y la adopción de tecnologías de desinfección sin contacto son efectivas para reducir la transmisión nosocomial. No obstante, su impacto real depende de una adecuada adherencia a los protocolos y de una cultura organizacional que priorice la seguridad del paciente. En este sentido, la prevención de la ICD no puede entenderse únicamente como una intervención técnica, sino como un indicador de la calidad de los sistemas de atención en salud.
Finalmente, persisten vacíos importantes en el conocimiento, particularmente en lo relativo a la epidemiología regional de cepas hipervirulentas y al impacto de nuevas estrategias terapéuticas en contextos distintos a los países de altos ingresos. La extrapolación indiscriminada de datos provenientes de Norteamérica y Europa puede no reflejar con precisión la realidad epidemiológica de regiones como Hispanoamérica, lo que resalta la necesidad de estudios locales que informen políticas de prevención y tratamiento adaptadas a cada contexto.
Conclusiones
La infección por C. difficile constituye una problemática persistente y compleja en los entornos hospitalarios modernos, con un impacto significativo en la morbimortalidad de los pacientes y en la carga económica de los sistemas de salud. La evidencia analizada confirma que su abordaje efectivo requiere una comprensión integral de los mecanismos de patogenicidad, particularmente del papel central de las toxinas A y B, así como de los factores clínicos y epidemiológicos que condicionan la gravedad y la recurrencia de la enfermedad.
Los avances en el diagnóstico han permitido una detección más rápida y sensible de la infección; sin embargo, estos beneficios deben equilibrarse con una interpretación clínica cuidadosa para evitar el sobre diagnóstico y el tratamiento innecesario. En el ámbito terapéutico, la vancomicina oral se consolida como el tratamiento de primera línea, mientras que la fidaxomicina, los anticuerpos monoclonales y el trasplante de microbiota fecal representan estrategias eficaces para reducir la recurrencia en pacientes seleccionados.
La prevención de la ICD exige intervenciones que trasciendan el tratamiento individual e integren políticas institucionales de control de infecciones, uso racional de antimicrobianos y fortalecimiento de la cultura de seguridad del paciente. Asimismo, se hace evidente la necesidad de generar evidencia regional que permita adaptar las recomendaciones diagnósticas y terapéuticas a contextos con recursos limitados y realidades epidemiológicas distintas.
En conjunto, el manejo de la infección por C. difficile demanda un enfoque interdisciplinario y dinámico, sustentado en la integración de evidencia científica, criterio clínico y estrategias preventivas sostenidas, como única vía para mitigar el impacto de esta infección en los sistemas de salud contemporáneos.